Venido a Menos


Relato publicado en la revista 16x16 en su edición Febrero-Marzo de 2011.

Salí a toda velocidad del aparcamiento del Desert Rose Inn. A mi espalda, tras una delgada línea de fuego, Jimmy y el bofia estaban envueltos en llamas, reduciéndose de tamaño en el espejo retrovisor. En el maletero, calcinados, caros equipos de escucha y todo tipo de aparatos capta-mierda. Las manos me temblaban con violencia. Prácticamente incapaz de controlar el Buick de Jimmy, repasé mentalmente todo lo sucedido. Llegado a este punto no sabía qué hacer. Con la estática de una grabadora como sonido de fondo, por mi cabeza solo aparecían palabras desordenadas, fragmentos de conversaciones grabadas y el perturbador gusto por la muerte.

Ella se había llevado las cintas, me había engañado. Las estrellas de cine no son de fiar y si no échate un vistazo. Me puse en camino hacía su escondite, una mansión que su padre tenía en Big Sur, la había construido para codearse con toda la tropa de artistillas que habitaban la zona. Eso decía mucho de su carácter, pues siendo un hombre rico que había hecho fortuna a través de la industria auxiliar de Hollywood, se había empeñado en que su hija fuera una gran actriz. Cualquier persona normal en su situación hubiera acabado aborreciendo todo lo que oliera a cine. Pero ese es otro tema.

Ahora volaba, cinco o seis horas desde Malibú a Big Sur dan tiempo para ensoñaciones de todo tipo. Me veo echando el guante, finalmente, al archivo de Jimmy, es lo que busco, ella lo tiene. Mierda para enterrar toda la Costa Oeste, extorsión, EXTORSIÓN y mi carrera de nuevo encarrilada. Entrevistas, fiestas, películas y mujeres preciosas. Los que me despreciaron, hundidos.

La radio está encendida, sin noticias de los asesinatos del Desert Rose Inn, hago una parada en Santa Bárbara. No hay noticias. Muevo frenéticamente el dial y paso Arroyo Grande. Nada. Vuelven los nervios. Un policía y el mayor experto en escuchas de Los Ángeles asesinados y nadie dice nada. Curioso por lo menos y yo bebiendo del frasco que da gusto. A quince millas de Big Sur, la ansiedad se apodera de mi, piso el acelerador con fuerza y el Buick me va llevando, arrastra el asfalto, Los Ángeles y todo aquel vasto y sucio continente.

Entré como una exhalación por la puerta principal empuñando mi revólver, quizás no era lo más conveniente, pero así lo hice, y como una bofetada, me golpeó el hedor de la carne en descomposición. Toda la casa estaba revuelta y el cuerpo agujereado de Mickey Carter, un conocido matón al servicio de la sordidez, yacía en medio del salón sobre una mesita de café. Había un gran charco de sangre seca. Fui directo al cuarto de Sophie, ¡qué recuerdos! Y aunque también estaba revuelto, lo puse patas arriba. Nada interesante, ni lo más interesante. Pero el cuarto de su hermanito, Jack, el santurrón, era una cosa muy distinta.

Para empezar estaba impoluto, como para sacar una fotografía para una revista de decoración. Miré en todas partes y reservé inconscientemente el armario como último lugar. Allí, en la parte de arriba mal escondida en una caja de puros, junto a lo que podría denominarse el kit del amante del voyeurismo, una bomba. Unas veinte fotografías. El señor Brenner acariciando delicadamente el cuerpo terso y fino de su hija Sophie desde diferentes ángulos. Mi boca se abrió como nunca antes. Incesto igual a escándalo, igual a me las llevo. Las fotografías eran antiguas y ella parecía ausente, totalmente inexpresiva.

Bajé de nuevo y fui a la cocina. El viaje no había sido en vano después de todo, así que me sentía bien. Eché una ojeada a la manduca y comí directamente de las latas de conserva. Engullí un par de ellas. Asqueroso pero nutritivo. Pensaba en el sorprendente hallazgo y en el siguiente paso. ¿Dónde estaría Sophie? Sin llegar a ninguna conclusión decidí marcharme antes de que me entrara sueño, no era el lugar apropiado para tomar un descanso, eso estaba claro. Cogí una botella de whisky y cuando atravesaba el salón bordeando el cadáver putrefacto de Mickey, vi una sombra que se proyectaba desde atrás y un golpe seco en la nuca me noqueó, me eché mano a la parte trasera del pantalón donde tenía el revólver pero resultó inútil. Quedó en un amago pues en un instante mi mundo se volvió negro y fui a dar de bruces en el charco de sangre coagulada del otro tipo.

Eddie Vincent

 
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